sábado, 27 de marzo de 2010

Ultraviolencia social y adolescencia.

Una artículo aparecido el 12 de marzo de 2010 en el diario costarricense La Nación (pág. 35 a), firmado por el abogado Pablo Muñoz, funcionario del Patronato Nacional de la Infancia; me despierta algunas reflexiones en torno a este tema que a muchos costarricenses podría haber resultado fantástico e imposible hace apenas un par de décadas.  Y es que, sí bien es cierto, tal como escribe el señor Muñoz, el sicariato es algo que existe desde la antigüedad, y, en efecto también, principalmente ligado a los asuntos políticos, no deja de ser un tanto difícil digerir el asunto en lo que a nuestra niñez y adolescencia se refiere.  Ya es muy triste ver como los jóvenes costarricenses son presa fácil de este tipo de actividades.  Una actividad que tiene como referente principal el entorno del narcotráfico, sobre todo en Colombia, y que se ha extendido a diversas ciudades de América Latina, con el común denominador de la pobreza y la exclusión en torno a sus jóvenes practicantes.  En esta doble cara del sicariato juvenil, que el autor del artículo resume de una forma lógica y simple en términos de su ser como víctimas y victimarios; la adolescencia latinoamericana en general y la costarricense de forma particular, se enfrenta al afinamiento de un sistema ideológico, económico y político en el que la competencia y el tener se valoran más que el ser y el sentir, que el soñar y la solidaria edificación de esos sueños.   Entonces, sí el dinero priva sobre la vida humana ¿Cómo podemos culpar a estos jóvenes por dedicarse a actividades tales como la que aquí se expone? Tal sería, en resumen, la respuesta a las que nos conduce la exposición del señor Muñoz en su artículo, al concluir en el mismo que al fenómeno le es inherente un fracaso de todo un marco jurídico y de una sociedad que privilegia la represión en vez de la prevención.  Unido a esto, el editorial del diario La Nación el jueves 11 de febrero de 2010, no logra articular una crítica seria, más bien una palabrería dirigida a las acciones legales que se deberían tomar.  El editorialista olvida siquiera nombrar las causas que han podido dar origen a esta situación en Costa Rica.  Con el señor Muñoz estoy de acuerdo de forma parcial, pues su análisis se queda corto, y es bastante complaciente en muchos sentidos con los intereses que en verdad emergen de una aproximación más seria a este asunto, cuyo punto de partida podría estar constituido por el conjunto de políticas sociales y económicas y la mediocridad de quienes son los responsables de implementarlas.  No es sólo el fracaso de una sociedad y de un marco jurídico.  Es el resultado de la codicia, la avaricia y la ambición desmedida de los políticos que se han dedicado a gobernar para una camarilla de personas que buscan enriquecerme de la forma que sea.  Es el resultado de una inversión social incompleta en la que dejan en el camino muchos millones que no llegan a sus verdaderos destinatarios.  Es el fracaso absoluto de un sistema corrupto en sí mismo que se maneja sin los mínimos valores morales, es el resultado del egoísmo y la indiferencia, de la falta de amor al prójimo, es el resultado de funcionarios públicos perezosos y de instituciones ineficientes, como el PANI en sí mismo.  Cada vez que se suceden temas tan impactantes como este, y escucho o leo a los políticos expresar opiniones al respecto, me pregunto en verdad sí ellos creen lo que dicen.  Ni por temor a ser próximas víctimas los políticos, los empresarios y los gobernantes se deciden a realizar un cambio radical en la forma de relacionarse entre ellos y con los demás.  Gobiernos sin imaginación, tecnócratas, tratados de libre comercio que benefician a sectores específicos y que se redactan y leen con las normas y reglas de quienes se pasan el poder como si se tratara de una bolita de pin-pong.  Los entes judiciales rebosan de corrupción, las brechas se ensanchan, las instituciones sociales atienden y resuelven como para las estadísticas y los indicadores sociales, y dejan caer migajas a los pobres, como para que sigan siendo pobres nada más, como las boronas que caen de la mesa del amo y de las que se alimentan los perros. 
Hace algunos años, las fantasías de ultraviolencia parecían tan lejanas, tan de película solamente, sin embargo obras tales como la Naranja Mecánica, resultan hoy por hoy proféticas.  En el fondo, el asunto de las culpas parece estar muy claro, más claro que el agua.  Sin embargo, las soluciones no se escuchan.  Basta de migajas, basta de miquetas.  Pues más que una advertencia, estos hechos son ya una realidad en la que participan no sólo adolescentes, sino niños y adultos y que se convierte en un estilo de vida para alcanzar los bienes materiales que nuestras sociedades consideran ideales para vivir.  Muchas gracias señores políticos.  He ahí a sus hijos, padres y madres de la patria.

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